Hay amores que no compiten entre sí, aunque durante mucho tiempo creemos que deberían.
Uno llega como horizonte: habla de sueños todavía sin cumplir, de caminos que aún no se han recorrido. Es la chispa que empuja a intentar, a creer que todavía queda mucho por construir.
El otro es raíz: se sostiene en silencios compartidos, en una mirada que no necesita explicarse, en la certeza de que hay un lugar al que siempre se puede volver.
Durante mucho tiempo pensamos que tener los dos al mismo tiempo era una forma de traición. Que amar de verdad significaba elegir uno y renunciar al otro, como si el corazón solo tuviera espacio para una clase de fuego.
Pero un amor no le quita nada al otro. El horizonte no apaga la raíz, y la raíz no impide mirar hacia adelante. Uno enseña a crecer. El otro recuerda quién eres antes de crecer.
Tal vez la pregunta nunca fue a cuál de los dos se ama más.
Sino qué parte de nosotros despierta cada uno.
Katia Santana Palacio — Escritora

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