👉 Katia Santana – Escritora & Poeta

Autora de *Ecos de Vida* y *Raíces del Alma*, su obra entrelaza memoria, sanación y amor propio. A través de la poesía, transforma el dolor en arte y las heridas en fuerza. Desde su historia de vida, inspira a otros a reconstruirse con dignidad, esperanza y luz.

Apenas dijo “sí” en voz baja, la mariposa dorada se despegó del mapa y voló hacia la puerta como una guía antigua, de esas que no explican nada… solo te llevan.

Al abrir, no había pasillo.

No había sala.

No había casa.

Había un corredor largo, como si alguien hubiera estirado la noche y la hubiera convertido en camino. A los lados, no había paredes: había sombras con forma de recuerdos. Se veían como escenas a medio encender, como cuando uno sueña y no termina de entender.

La mariposa se posó en el aire y de pronto, en el suelo, apareció un símbolo dibujado con luz:

Un círculo.

Y dentro… una pluma.

La señal era clara: aquí no se entraba con los pies… se entraba con el alma.

Y sin saber cómo, dio el primer paso.

El corredor olía a café caliente y a lluvia. Como si el universo estuviera mezclando hogar con tormenta, ternura con miedo, pasado con futuro… todo a la vez.

De repente, al fondo, apareció una puerta vieja, grande, de madera oscura. Tenía un letrero grabado a mano que decía:

“Sala de las Cosas Perdidas”

La mariposa tocó el letrero con el ala, y la puerta se abrió sola, como si la estuvieran esperando desde hacía años.

Adentro, era un lugar inmenso. Pero no era un salón normal. Era como una biblioteca… sin libros.

Porque allí no se guardaban páginas.

Allí se guardaban pedazos de vida.

En estantes invisibles flotaban cosas que la gente cree que se pierden para siempre:

una risa que se apagó en una despedida una canción que alguien dejó de cantar por tristeza una carta que nunca se envió una foto mental de un abrazo que no ocurrió la versión de uno mismo que antes era más inocente

Y en el centro del salón, como una reina silenciosa, había una mesa de cristal con tres objetos encima:

Una brújula rota Una llave dorada Un frasquito de luz

La mariposa se posó al lado de la brújula rota, y el aire se llenó de una voz suave, femenina, pero imposible de identificar:

“Tu brújula se rompió cuando empezaste a sobrevivir.”

Luego la mariposa caminó hasta la llave dorada:

“Esta llave abre la puerta de la estabilidad.”

Y por último, se detuvo frente al frasquito de luz:

“Esta luz… es la fe que te quedó escondida, aunque no lo supieras.”

El corazón se apretó como si algo muy grande estuviera por pasar.

Entonces, detrás de la mesa, se encendió una pared que antes no existía. Era una pantalla de humo y estrellas… y dentro se veía una escena:

Una mujer caminando con la espalda firme.

No se veía triste.

No se veía derrotada.

Se veía… decidida.

Y al lado de ella, como guardianes, se veían dos sombras con forma de amor: dos presencias que no abandonaban, que no se despegaban, que eran hogar aunque el mapa cambiara.

El humo formó una frase:

“Donde esté el amor verdadero… ahí está el país.”

La mariposa se viró hacia la mano de la mujer y por primera vez habló, pero sin palabras, directo a la cabeza:

“Escoge solo uno.”

La mujer miró los tres objetos.

Y entendió que esto no era magia barata.

Era un examen del universo.

La brújula rota era el pasado tratando de seguir mandando.

La llave dorada era el futuro pidiendo permiso.

El frasquito de luz era el alma diciendo: “no te apagues ahora”.

Y justo cuando estiró la mano…

PUM.

Se apagó todo.

Silencio.

Oscuridad completa.

Y en esa oscuridad, se escuchó un latido… no del corazón… del mapa.

Como si el mapa estuviera vivo y estuviera gritando sin voz:

“FALTA LA ÚLTIMA PRUEBA.”

Una puerta nueva apareció detrás, con un nombre escrito en oro:

“La Sala del Precio.”

La mariposa dorada volvió a volar hacia adelante, lenta, seria.

Como si esta parte no fuera para jugar.

Antes de entrar, una frase se dibujó en el aire con fuego suave:

“Aquí se paga con lo que pesa… para poder cargar lo que viene.”

Y cuando la mano tocó el borde de esa puerta, el mundo volvió a respirar.

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